Hospitalidad concreta para tiempos concretos

El martes 17 de febrero, Arrupe Etxea acogió el encuentro “Ser puerta abierta” con la excusa de presentar el libro “Ser puerta abierta: La hospitalidad en el corazón de la espiritualidad” reunió a una mesa de experiencias dedicada a pensar la hospitalidad en el contexto social actual. El acto fue presentado por Marisabel Albizu, directora de Fundación Ellacuria, quien inició la sesión con un gesto simbólico de acogida: compartir pan entre todas las personas presentes, recordando que la hospitalidad empieza por compartir la mesa y con acciones sencillas cotidianas que abren espacio para la relación.

La hospitalidad como actitud que se encarna

La primera intervención estuvo a cargo de María del Carmen de la Fuente, que propuso comprender la hospitalidad como una actitud espiritual que toma forma en la vida diaria. Para explicarlo, utilizó la imagen de un árbol, cuyas raíces hunden su historia en tradiciones milenarias presentes tanto en el cristianismo como en el islam. Según explicó, esta espiritualidad requiere decisión, presencia, confianza y “poner el cuerpo”; es decir, comprometerse de manera concreta con quien llega. La hospitalidad, afirmó, es también una forma de resistencia, un modo de sostener la dignidad en tiempos de incertidumbre.

En su metáfora, los frutos de este árbol son múltiples: el reencuentro con la propia humanidad, los cuidados compartidos y el fortalecimiento de la comunidad; desde los pequeños gestos cotidianos hasta los procesos estructurales que construyen el bien común. La hospitalidad permite ensanchar horizontes, reconocer derechos y mantener viva la esperanza.

Una mesa y un té como señal de vida compartida

El segundo testimonio, ofrecido por Mohamed El Fersioui, devolvió la conversación al terreno de la experiencia personal. Relató cómo desde niño vivió la hospitalidad en su pueblo de Marruecos, donde la casa —sin habitaciones separadas— se entendía como un espacio abierto. La mesa y el té eran, explicó, un signo permanente de disponibilidad para acoger a quien llegara. Esa formación temprana le ha acompañado hasta hoy, también en su proceso migratorio y en su participación en comunidades de hospitalidad con la Fundación Ellacuria, donde ha podido experimentar la experiencia de ser acogido y ser anfitrión para otras personas que van llegando.

Mohamed insistió en que la hospitalidad, lejos de ser un gesto puntual, forma parte de la identidad y anima a luchar por los derechos de todas las personas. Recordó el papel clave de la juventud, que aporta energía y mirada nueva a esta vocación de abrir espacios.

Una mirada política: La hospitalidad como derecho

La intervención de Agustín Ndour amplió la conversación al ámbito social y político. Habló desde su experiencia en la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) por la regularización de personas migrantes, destacando que el impulso de esta propuesta nació de un profundo sentido de compasión y justicia. Recordó que la ILP reunió 700.000 firmas, todas de personas con nacionalidad española, lo que evidencia un amplio compromiso social. Agustín describió este proceso como un auténtico logro colectivo, fruto del trabajo de cientos de personas que recogieron firmas “en playas, trenes, partidos de fútbol… por todas partes”.

Subrayó además que la hospitalidad no es solo un gesto personal, sino también un desafío político, porque implica generar condiciones que permitan a cada persona vivir con derechos, dignidad y reconocimiento. La regularización administrativa —“tener papeles”— es, dijo, un paso imprescindible para una integración real.

Un punto común: la mirada

A pesar de sus trayectorias distintas, las tres voces coincidieron en un mensaje central: la acogida no empieza en las instituciones, sino en la forma de mirar al otro. La conversación fue desplazándose de lo teórico a lo concreto, subrayando que la hospitalidad es un modo de estar, tanto individual como comunitario, que da voz y espacio a todas las personas, especialmente a las que van llegando sin importar su origen, cultura o religión.

El encuentro, abierto al diálogo entre espiritualidad y compromiso social, dejó una intuición compartida: ser “puerta abierta” es más que una actividad; es una forma de ser que pone a prueba la credibilidad de nuestras comunidades.

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