Arrupe Etxea acogió la presentación de Espiritualidad de la esperanza. Una perspectiva desde las víctimas, de Patxi Álvarez SJ. Los testimonios de Scarlet, Zenayda e Igor Irigoyen acercaron la reflexión del libro a experiencias concretas de refugio, resistencia, reconstrucción y compromiso.
La esperanza no consiste en apartar la mirada del sufrimiento, sino en descubrir que, incluso en medio de la vulnerabilidad, la violencia o el fracaso, pueden surgir fuerzas capaces de sostener la vida y el compromiso. Esta fue una de las claves que recorrieron la presentación en Arrupe Etxea de Espiritualidad de la esperanza. Una perspectiva desde las víctimas, el nuevo libro del jesuita Patxi Álvarez de los Mozos.
Junto al autor participaron Scarlet, refugiada venezolana vinculada al Centro Ellacuría; Zenayda, salvadoreña comprometida durante años con la defensa del agua, el medio ambiente y la vida en su comunidad; e Igor Irigoyen, de Itaka Escolapios. Sus intervenciones permitieron que las reflexiones del libro dialogaran con experiencias concretas de sufrimiento, resistencia y esperanza.
Scarlet compartió su experiencia como persona refugiada y el camino recorrido para afrontar numerosos obstáculos y reconstruir su vida. Su testimonio mostró una esperanza que no nace al margen de las dificultades, sino precisamente en el esfuerzo por atravesarlas, encontrar nuevas posibilidades y seguir adelante.
Zenayda llevó la reflexión al terreno de la resistencia comunitaria. Desde San Isidro, en El Salvador, relató una lucha iniciada en 2005 para defender el agua, el medio ambiente y la vida frente al proyecto de explotación de la mina El Dorado.
Aquella lucha estuvo atravesada por la violencia y la persecución. Zenayda recordó a compañeros como Marcelo Rivera, Rodolfo Rivera y Dora Sorto, asesinados durante aquellos años, y relató también las amenazas sufridas por ella y por su familia. A pesar de todo, la movilización social consiguió frenar inicialmente el proyecto minero.
La victoria, sin embargo, no puso fin al miedo ni a las amenazas. Zenayda y su familia tuvieron que abandonar finalmente El Salvador y comenzar una nueva vida lejos de su país. «Estamos tratando de reconstruirnos y permitirles a nuestras hijas vivir tranquilas y sin miedo en un país distinto, que nos abraza y nos da la posibilidad de estar vivos», explicó.
Pero reconstruir la vida no significa callar. Al finalizar su testimonio dejó una de las expresiones más significativas del encuentro: «La única esperanza que las víctimas tenemos es que la gente no se calle, que la gente no sea indiferente ante todo lo que está sucediendo en este mundo».
Igor Irigoyen aportó una tercera mirada desde la experiencia de una comunidad cristiana comprometida con la transformación social y vinculada al carisma y la misión de los escolapios. Agradeció a Patxi Álvarez un libro que consideró «una ayuda para vivir una fe centrada en Jesús, en la justicia y en la dignidad de las personas» y para responder a la llamada cristiana a dar razón de la esperanza.
Igor recordó una de las afirmaciones que atraviesan las primeras páginas del libro: Jesús dedicó su vida a las víctimas de su tiempo, a las personas enfermas, discapacitadas, consideradas impuras o pecadoras. Una constatación que se convierte en llamada para quienes hoy se reconocen seguidores y seguidoras de Jesús: acercarse también a quienes sufren y orientar desde ahí la propia vida y el compromiso.

Una esperanza que no depende del éxito
En su intervención, Patxi Álvarez recordó una conversación mantenida años atrás con Peter Balleis SJ, entonces director internacional del Servicio Jesuita a Refugiados. Tras muchos años trabajando con personas refugiadas, le preguntaron qué cosechaban de todo aquel esfuerzo realizado en tantos países.
Su respuesta fue sorprendente: «Fracaso. Fracaso».
Pero añadió inmediatamente que estar junto a las personas refugiadas hacía que comenzaran a revivir otras cosas en el interior, que se movilizaran fuerzas que uno no sabía que tenía.
Patxi explicó que una de las intenciones últimas del libro es precisamente acompañar a quienes viven y trabajan cerca de las víctimas, a quienes en ocasiones sienten que sus fuerzas decaen y, sin embargo, desean continuar sirviendo y comprometidos con ellas. Una esperanza que no se identifica necesariamente con el éxito de los proyectos, sino con la capacidad de permanecer, acompañar y dejarse también transformar por aquellos a quienes se acompaña.
Los testimonios de Scarlet y Zenayda mostraron de manera especialmente concreta esa paradoja: personas que han atravesado situaciones de enorme vulnerabilidad y que, al mismo tiempo, pueden convertirse en fuente de ánimo y esperanza para otros.
«Si la última víctima tiene futuro»
El encuentro concluyó volviendo al corazón de la propuesta del libro. Patxi Álvarez invitó a caminar «ayudándonos a esperar y poniendo en el centro a las víctimas».
«Porque podemos estar seguros de algo: si la última víctima tiene futuro, nosotros tendremos futuro. Pero si la última víctima no tiene futuro, entonces acabaremos aceptando que unos caigan y otros sigan adelante».
Y añadió una imagen de profundo contenido cristiano: «Cuando muchos creyentes nos arrodillamos ante un crucifijo, lo que estamos haciendo es precisamente eso: poner en el centro a la víctima, a las víctimas».
Con esas palabras terminó una presentación en la que reflexión y testimonio se fueron entrelazando para expresar una esperanza que no ignora el dolor ni garantiza el éxito, pero que invita a permanecer junto a quienes sufren, a no ser indiferentes y a seguir construyendo un futuro en el que nadie quede fuera.





